Paseo por la ciudad del topo (topota-ñesta)
No salimos a comer, nos bastó con el mega-desayuno a base de bocatas y el resto de pijadas que nos sirvieron en el avión, lo último fue un bocadillo de esos en plan focaccia (¿cómo coño se me ocurre pronunciar esas palabras tan gays?) que era vegetal con una salsa rosa que molaba; la salsa estaba fresca, el pan tierno y el bocata hacía crunch-crunch cuando lo mordías debido a lo reciente de las verduras que consistía en una miscelánea de pimiento, cebolla y algo verde que estaba buenísimo aunque tuviese más de un detractor dentro del círculo de pasajeros de la compañía Luftansa (creo que se escribía así ¿o era Luftwaffe?).
En cuanto llegó el Equipo Azul al hotel nos pusimos en marcha, eramos siete en total, ya sabéis: mis carabinas en el periplo (me matarán por la expresión); el Equipo Azul que lo formaban dos subconjuntos de consortes: Laura y Jose / Montse y Bernat... y luego estaba yo, que me veía obligado en todo momento a representar la parte masculina del Equipo Rojo, es decir, que me dedicaba a escupir, rascarme la entrepierna, engullir alcohol a escondidas, soltar comentarios sexistas u ofensivos y cantar canciones de Johnny Cash con voz grave por lo bajini. Si bien no fui todo lo varonil que debía ser, por lo menos traté de que mi virilidad no quedase en entredicho pues en la que iba a ser mi habitación lidiarían tantas feromonas que podía darse el caso de que incluso me crecieran los pechos.
Con el primer vistazo uno ya se puede percatar de que Praga es una ciudad limpia. Resulta muy agradable el conocer que únicamente caminando se puede alcanzar cualquier punto de interés y si bien los semáforos de peatones tardan menos de cinco segundos en cambiar de verde a rojo también cabe soslayar que el tráfico es casi inexistente. Dos cosas sobre el mismo: Los semáforos verdaderamente cambian en menos de cinco segundos, además emiten unos chasquidos muy molestos, como de carraca, a modo de señal acústica que vienen a decirnos: ¡corred! ¡¡corred!!.
La segunda nota negativa también es para la circulación, los coches van a 120 km/h por las calles y tienen por costumbre frenar a de 100 a 0 en menos de una décima de segundo en cuanto pones el primer pie junto al paso de cebra, te quedas con los ojos como platos y los conductores te hacen un gesto amable para que pases con tranquilidad a la vez que te dicen: ‘prosim, prosim’. Creo recordar que en el aeropuerto de Praga tenían equipos desfibriladores repartidos por la terminal, seguro que también los tenían junto a los semáforos.
Nemlúmin cheski - ¿nulubita anglitski?
(Nontiendo el checo - ¿hablas inglés?)
Durante el primer paseo conocí la primera de las pequeñas joyas de la ciudad, el Becherovka de limón. La primera visita fue a un Mini Market (así le llaman, mini-mercao) autóctono, desconozco si el vendedor era oriundo de la ciudad checa pero por los rasgos supuse que era oriental tirando a chino mandarín, con lo cual no supe siquiera en qué idioma hablarle y tiré de las primeras lecciones de cheski que había aprendido. Cogí el botellín de Becherovka que me llamó la atención y me dispuse a preguntarle que cuánto costaba el invento:
- ¿Cólic tostoí? – Le dije.
- Blah blah, blabla-cheski bláva – Me dijo él. Luego me escribió la cantidad en la calculadora, le pagué y tan amigos.
Total, que salí privándome el Becherovka ese que está veri gud, es algo así como un limoncello de esos pero en plan eslavo. Al primer monumento importante que llegamos fue al museo yoquesé (juraría que era algo de Wenceslao pero vamos, que no le presté mucha atención al nombre) en el que había una cruz rara en el suelo y que estaba justo en frente de la ‘Prostitute street’, en cheski me parece que se llamaba “avenida vaclavské”, y os preguntaréis ¿cómo coño te acuerdas del nombre de la avenida que es chunguísimo y no del nombre del museo? pos yo que sé, memorias de un mongolo. El equipo azul divisó el primer Mc Donalds y nos insinuaron que ‘tal vez’ podríamos cenar allí, luego os cuento cómo fue la cosa y cómo terminamos cenando allí, no me metáis prisa.
Nada más llegar al Josele le dolía la cabeza y se pasó la tarde chungo en plan cefaleas, el pobre no pudo disfrutar de nuestra primera merienda en Praga a base de chocolate con croissants (y creps con helado en algún caso aislado de la tripulación).
En cuanto llegó el Equipo Azul al hotel nos pusimos en marcha, eramos siete en total, ya sabéis: mis carabinas en el periplo (me matarán por la expresión); el Equipo Azul que lo formaban dos subconjuntos de consortes: Laura y Jose / Montse y Bernat... y luego estaba yo, que me veía obligado en todo momento a representar la parte masculina del Equipo Rojo, es decir, que me dedicaba a escupir, rascarme la entrepierna, engullir alcohol a escondidas, soltar comentarios sexistas u ofensivos y cantar canciones de Johnny Cash con voz grave por lo bajini. Si bien no fui todo lo varonil que debía ser, por lo menos traté de que mi virilidad no quedase en entredicho pues en la que iba a ser mi habitación lidiarían tantas feromonas que podía darse el caso de que incluso me crecieran los pechos.
Con el primer vistazo uno ya se puede percatar de que Praga es una ciudad limpia. Resulta muy agradable el conocer que únicamente caminando se puede alcanzar cualquier punto de interés y si bien los semáforos de peatones tardan menos de cinco segundos en cambiar de verde a rojo también cabe soslayar que el tráfico es casi inexistente. Dos cosas sobre el mismo: Los semáforos verdaderamente cambian en menos de cinco segundos, además emiten unos chasquidos muy molestos, como de carraca, a modo de señal acústica que vienen a decirnos: ¡corred! ¡¡corred!!.
La segunda nota negativa también es para la circulación, los coches van a 120 km/h por las calles y tienen por costumbre frenar a de 100 a 0 en menos de una décima de segundo en cuanto pones el primer pie junto al paso de cebra, te quedas con los ojos como platos y los conductores te hacen un gesto amable para que pases con tranquilidad a la vez que te dicen: ‘prosim, prosim’. Creo recordar que en el aeropuerto de Praga tenían equipos desfibriladores repartidos por la terminal, seguro que también los tenían junto a los semáforos.
Nemlúmin cheski - ¿nulubita anglitski?
(Nontiendo el checo - ¿hablas inglés?)

- ¿Cólic tostoí? – Le dije.
- Blah blah, blabla-cheski bláva – Me dijo él. Luego me escribió la cantidad en la calculadora, le pagué y tan amigos.
Nada más llegar al Josele le dolía la cabeza y se pasó la tarde chungo en plan cefaleas, el pobre no pudo disfrutar de nuestra primera merienda en Praga a base de chocolate con croissants (y creps con helado en algún caso aislado de la tripulación).
Antes de merendar habíamos explorado la famosa calle de las putas, al final de la misma había un bonito mercado en el que vendían toda clase de souvenirs (chuminís, según Cristine Keeler) en plan lápices, cucharas, imanes de nevera, bisutería y fruslerías varias.
Los puestos de salchichas también disponían una pintaza buena, quedamos que volveríamos allí para probar las Klobasas (salchichas checas) que por lo visto eran un cruce entre el frankfurt común y el chorizo criollo ¡qué cosas! También encontramos un puesto en el que hacían jamón a la brasa y este último lo dejamos pendiente, ya que no encontramos ningún momento para probarlo.
Salchichen kampf.
K.M. nulubita anglitski-Koffer www.klauszayin.com
No hay comentarios:
Publicar un comentario