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Náufrago
El enfurecido océano rugía terrible y ensordecedor, negras nubes se cernían tronando y relampagueando en mitad de la noche más oscura y amenazadora que había conocido en toda la vida. Una y otra vez el violento oleaje me engullía hacia las profundidades con su vaivén y ya a duras penas me concedía un segundo para recuperar el resuello antes de que volviese a romper sobre mí otra de aquellas voraces y sanguinarias olas. Me encontraba exhausto y desconsolado, perdido en medio de la inmensidad, allí donde nadie más llegaría a escucharme. Tantas veces tuve que luchar por mantenerme a flote que mis esperanzas ya se habían consumido por completo, apenas llegaba a alcanzar la superficie aferrándome fuertemente contra un listón de madera que al igual que yo había conseguido sobrevivir al naufragio. No tenía escapatoria, tan solo era cuestión de tiempo que aquel mar embravecido terminase por agotar las escasas fuerzas que me quedaban. Con cada nueva sacudida mi desesperación agonizaba en aquellas aguas que presagiaban la muerte. No estaba dispuesto a sufrir más ¿Para qué batirme en duelo contra mi destino, si tanto él como yo sabíamos en qué terminaría todo aquello? Entonces dejé de pelear, la siguiente ola que me derribó estalló contra mi cara arrastrándome seis metros bajo el nivel del mar. Un intenso aroma a sal embriagó mis sentidos y abrí la boca para tragar el agua que me mataría como si de un veneno letal se tratase. En el último instante de mi vida perdí el miedo a morir y allí mismo, bajo el agua, abrí los ojos para que el reflejo de la luna se convirtiese en el telón de mi trágico desenlace. Los volví a cerrar cuando ya no resistía más el escozor salado. Finalmente, abandonado a su voluntad, exhalé el último aliento que albergaban mis pulmones y una cortina de burbujas acarició mi rostro justo antes de que comenzase a dormir. La angustia tan solo duró un instante, luego todo a mi alrededor recuperó su calma. Me estaba hundiendo, lentamente, ya ni siquiera podía escuchar el rugir del océano, ni el sacudir de la tormenta, ni sus truenos, ni sus olas. Nada. El silencio me reconfortó. Lo siguiente que experimenté fue una agradable sensación de total ligereza. Hormigueo a flor de piel, suaves caricias. Sosiego.
Como vi que de alguna forma aún seguía consciente después de haber muerto traté de respirar y comprobé asombrado que todavía podía hacerlo. Poco después abrí los ojos nuevamente para otorgarle crédito al milagro y entonces, bajo una atmósfera de azul turquesa llena de tantos otros vivos colores, envueltas en un aura de divinidad resplandeciente se mostraron ante mí las maravillas del mundo submarino. Nadé bajo el mar como si estuviese volando por los cielos, respiraba sin ni siquiera llegar a plantearme cómo podía hacerlo. Nunca antes había experimentado aquella sensación de bienestar. Al fin todo estaba bien.
Sr. Koffer
Sé que últimamente había perdido la costumbre de publicar fragmentos de mi literatura en el blog, les dedico la entrada a quienes aún lo leen :)
ResponderEliminarEn adelante volveré a colgar más. Lo prometo.
Como siempre, gracias.
Tan interesante relato como reflexivo final. Te felicito.
ResponderEliminarMe apunto a tu propuesta de subir más. Ánimo.
Un fuerte abrazo,
Mián Ros