miércoles, 29 de julio de 2009

Lecturas entretenidas - 5º parte

¡Hola! y bienvenido a la penúltima entrega de las lecturas entretenidas. Esta iniciativa que va a durar hasta el día 31 de julio tratará de amenizar tus momentos de hastío mediante los mejores fragmentos de Klaüs Zayin y las siete formas del amor. Esperando que los disfrutes, recibe un cordial saludo.

El hacha de oro (parte 1 de 2)

Había sido una hermosa tarde de domingo, llegaba el ocaso y el sol se escondía tras el horizonte, a estas alturas poco quedaba ya de la radiante luz escarlata de la gran esfera. Klaüs el campesino se disponía a regresar a su hogar después de salir a talar leña en el bosque, en realidad no la necesitaba pero había hecho de la rutina un hábito ameno para los domingos.

Una vez que hubo descendido del monte se detuvo un momento en la laguna a descansar antes de continuar la marcha. Se postró ante ella dispuesto a beber, estaba agotado de acarrear el fardo con la madera pues había recogido algo más de la que acostumbraba a cargar habitualmente. Se colmó las manos con el agua vidriosa de la laguna que ahora resplandecía bajo el último de los haces de luz del crepúsculo; se mojó la cara para refrescarse y recuperar el aliento después del esfuerzo; luego bebió. Cuando sació la sed se secó la barba con su camisa y se sentó en la orilla a respirar la cálida y sutil brisa que suspiraba la montaña en las luengas tardes de verano. Reposó por un instante contemplando la prodigiosa acuarela que le brindaba la puesta de sol. Poco después se disponía a reemprender su camino de vuelta, cargó nuevamente con el fardo sobre el hombro y, al ladearse, el hacha que llevaba colgada se desprendió de su cinturón. No le dio tiempo a pestañear, solo se oyó el golpe contra el agua cuando esta se hundió en el lago.

Sobresaltado, Klaüs soltó el fardo y sin pensarlo dos veces se remangó e intentó dar con el hacha a toda prisa. Estaba oscureciendo, si no conseguía encontrarla ahora probablemente las corrientes de la laguna la arrastrarían hacia el fondo y quedaría enterrada en el lodo. Acababa de perder la mejor de sus herramientas; continuó rastreando, la buscó sin fortuna y terminó por abandonar cuando, abatido, perdió toda esperanza de poder localizarla.

La noche se había cerrado, la luna iluminaba el lago creando un áureo cordón que trazaba un sendero en línea recta a través del agua en dirección hacia el astro. De pronto percibió una tenue luz que centelleaba en la oscuridad, alzó la vista y de entre los destellos celeste y blanco vislumbró a la ninfa del pantano. Era la primera vez que se manifestaba ante él pero su inesperada aparición no le turbó en absoluto, había oído hablar antes de ella y de su belleza, era un espectáculo insólito y cautivador como un eclipse o una lluvia de cometas.

Entonces retiró el brazo del agua y se incorporó para poder deleitarse con su propio asombro mientras durase el instante. Admiró boquiabierto su presencia, le conquistaba a su vez una sensación de serenidad que probablemente hacía muchos años que no sentía. Recordó a su madre recitándole las historias que contaban en el pueblo sobre la ninfa del pantano, él la escuchaba arropado en la cama, entonces era solo un niño pero nunca llegó a olvidar aquella escena pues era uno de los momentos que su memoria conservaba con más afecto.

Su rostro era reflejo de la misma noche, su cabello era del color del vacío eterno y sus ojos eran claros, tan claros como un glaciar en medio de un océano profundo, cualquiera que los había visto podía tener la sensación de contemplar la luna como lo hacen los poetas embelesados y los melancólicos. Es su espíritu el que cautiva sin remedio, un vendaval de lluvia de una tarde de invierno de la que bien se podría decir que tenía la misma luz que la última hora de la humanidad. Implacable pero seductora, así era.

- Klaüs - susurraba el viento entre los árboles, la ninfa le estaba llamando.

- Acércate - le dijo, y él se acercó. Puso un pie sobre el agua y sintió que podía avanzar firmemente por el camino que reflejaba Selene. Sus pasos le llevaron como en sueños hasta el centro del lago, se detuvo cuando advirtió que la claridad que emanaba el aura de la ninfa no le permitía acercarse más.

K.M. Koffer
www.klauszayin.com

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