La mañana del día siguiente comenzó con un grato despertar, la luz del sol que incidía sobre mi rostro a través de los cristales de la claraboya me ayudó a tomar conciencia plácidamente de que me encontraba durmiendo en un plegatín, en la quinta planta de un hotel de la República Checa. Me fui a la ducha con el característico ‘andar de los condenados’, arrastrando los pies y sobándome la cara y el pelo con la mano tratando de despejarme. Mientras me duchaba pude cantar dos veces ‘Folsom prison’ con mi recién adquirida tonalidad varonil, supongo que se debe a ese resfriado mal curado y a la mucosidad pectoral que incluso ahora mismo me doy cuenta de que no he conseguido librarme definitivamente de ella. Después de la ducha puse ‘Folsom prison’ en el audio del móvil y subí a despertar a las tías que estaban tiradas en la cama como si les hubiese estallado una bomba. La Neus no fue capaz de conservar sus pantalones durante la noche, había hecho mucho calor y bajó en bragas a la ducha.
Cristina se quedó ausente en la cama y yo regresé a la planta inferior para vestirme y esas cosas que se hacen cuando uno se despierta, ella bajó poco después y estuvimos viendo la tele checa un rato por tal de desperezarnos. Ahora que lo recuerdo, la noche anterior también tratamos de ver la tele antes de irnos a la cama, en la programación tenían unos diez canales para nada asequibles, creo que pusieron un programa de esos en plan ‘operación triunfo’ en la cadena italiana Rai-1, pura basura claro está. Mientras la Neus se duchaba estuvimos viendo Tele-Madrid donde emitían un programa musical de esos con videoclips de hace miles de años. A Cristina le cayó en gracia el presentador y lo oficiamos como su novio para el resto del viaje. Poco después nos juntamos los siete en el comedor para desayunar.
El primer desayuno en Praga fue zafarrancho de combate, había la hostia de bollería artesanal a parte del tradicional ‘desayuno continental’ ese, ya sabéis: salchichas, huevos fritos, panceta, cereales de todas clases, tal y pascual. No me corté un pelo y durante la primera intervención probé los cinco tipos de pastel que servían, la mayoría eran bizcochos de esos rellenos de chocolate, manzana, nata, con canela, sin canela... yo que sé, pero mientras zampaba me dije a mi mismo: ‘mañana no lo volverás a hacer, o te vas a poner gordaco como una nutria’ y así fue, tuve algo de remordimiento por tan exagerado zampabollos pero me consolé pensando que tenía un día entero de paseos por la ciudad para quemarlo. Y es que aquel día fue para mí el mejor de los tres que pasamos en la Czech Repúblic.
Saliendo del hotel caminamos hasta la boca del metro, que se pronuncia igual en checo, y aprendimos tres nuevas cosas sobre la gente que vive en Praga:
- la primera es que también tienen punkis roñosos (véase el flayer en la farola)con pinta de típicos, no se aprecia muy bien pero el que sale en el centro es el tipico pinhead con pinta de sid vicious y el de al lado se parece al cantante de 'the damned'. Muy estereotipados.
- La segunda es que tienen máquinas expendedoras en las que en lugar de salirte coca colas, twix o snickers te salen ramos de flores (verídico, véase foto ilustrativa nº 2) Esto sí que no lo había visto nunca, solo por eso ya valía la pena viajar hasta tan lejos.
- y la tercera, que los posters que hay junto a las escaleras mecánicas los cuelgan perpendiculares a la inclinación de estas (foto number 3).
Queda claro ¿no? Las fotos publicitarias están perpendiculares al eje de la escalera.
Nos pegamos un buen rato para interpretar cómo funcionaba el sistema de billetes del metro, porque se paga por tiempo de recorrido en lugar de por las zonas que debes atravesar para llegar al destino. No os calentéis el tarro y pillad el billete más tirado, cada vez que entréis en el metro volved a comprar un billete nuevo porque: Praga es tan pequeña que en dos paradas te plantas allí donde quieras ir; Nadie se pega más de 15 minutos de metro, las lineas son regulares y además ya os digo, en menos que canta un gallo llegas a todos sitios. Me parece que el billete costaba unas 26 coronas checas, un euro con 10 céntimos más o menos. En la cola para comprar los tickets se me puso a hablar una mujer Holandesa, pero que hablaba español porque no sé de donde me dijo que era, y que su marido era italiano, total que la escuché educadamente pero en cuanto pude le deseé feliz estancia en Praga y le di esquinazo. Soy rancio, podría pasar por checo yo también.
No estoy seguro de su significado, pero la palabra ' protseñí ' molaba un montón. Creo que era algo así como 'declarar' aunque no me hagáis mucho caso.
K.M. detallitos-Koffer www.klauszayin.com
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