Isabel tenía razón, sucedió como un pestañeo. El viernes por la mañana desayunábamos en el aeropuerto poco antes de tomar el vuelo y un instante después, aunque en todo momento tuvimos consciencia de haber visitado Praga, estábamos ya de vuelta en el avión, como si entre la ida y el retorno no hubiese acontecido más que una agradable pero lacónica ensoñación.
Imagino que esta sensación se debe a consecuencia de haber disfrutado realmente del viaje y es que, a día de hoy, considero que ha sido el destino más bonito del que he disfrutado.
Creo que nos levantamos sobre las intempestivas cinco y media de la mañana, la noche anterior lo dejamos todo preparado así que con ducharnos y tratar de abrir los ojos tuvimos suficiente. Ricardo nos vino a recoger y fue él quien nos llevo en coche hasta la terminal. En el aeropuerto nos encontramos con el resto de la tripulación del Enterprise y nos dedicamos a repasar el diario de bitácora mientras nos pegábamos el desayuno padre a base de bocadillos de salchichón, nocilla y zumos de esos de brick que me compraba mi madre en la plaza los viernes por la tarde, sí, de esos que vienen con la pajita plastificada pegada en uno de los lados. Embarcamos tres minutos antes de la hora y una de las pavas que se encargaba de validar nuestros billetes nos insinuó una pequeña bronca echándonos en cara que llegábamos justos de tiempo, como era una puta imbécil le dimos la razón sin detenernos si quiera a discutir con ella, 'muy-bien' le espeté imitando una despectiva tonalidad de 'ding-dong'.
La primera escala antes de llegar a la Czech Republic era Frankfurt, se supone que es la ciudad alemana con más lesbianas por metro cuadrado pero mientras esperábamos el siguiente vuelo tan solo encontré a una anciana que iba cogida del brazo de una señora de mediana edad; podrían ser lesbianas de las de entonces pero como no lucían la tradicional vestimenta de leñadora-tirolés supuse que no serían verdaderas torti-girls. Menuda decepción, algún día volveré a Frankfurt para corroborar la estadística sobre la creciente homosexualidad femenina. Otro desencanto germano fue que esperaba encontrar una salchicha gigante de Frankfurt recibiéndonos al abandonar el avión, evidentemente no fue así, por eso no me digné a comerme un frankfurt en Frankfurt, allí les llaman salchichas a secas. Son unos sosainas y unos careros; esperando el segundo avión pasamos por una cafetería para seguir zampándonos el resto de las provisiones, cayeron los bocadillos de jamón york (qué fisno, york) y nos tomamos unos cafeles, capuccino mancciato o algo así se llamaban, tenían más espuma que la boca de una llama comiendo petazetas.
Primer contacto
Imagino que esta sensación se debe a consecuencia de haber disfrutado realmente del viaje y es que, a día de hoy, considero que ha sido el destino más bonito del que he disfrutado.
La primera escala antes de llegar a la Czech Republic era Frankfurt, se supone que es la ciudad alemana con más lesbianas por metro cuadrado pero mientras esperábamos el siguiente vuelo tan solo encontré a una anciana que iba cogida del brazo de una señora de mediana edad; podrían ser lesbianas de las de entonces pero como no lucían la tradicional vestimenta de leñadora-tirolés supuse que no serían verdaderas torti-girls. Menuda decepción, algún día volveré a Frankfurt para corroborar la estadística sobre la creciente homosexualidad femenina. Otro desencanto germano fue que esperaba encontrar una salchicha gigante de Frankfurt recibiéndonos al abandonar el avión, evidentemente no fue así, por eso no me digné a comerme un frankfurt en Frankfurt, allí les llaman salchichas a secas. Son unos sosainas y unos careros; esperando el segundo avión pasamos por una cafetería para seguir zampándonos el resto de las provisiones, cayeron los bocadillos de jamón york (qué fisno, york) y nos tomamos unos cafeles, capuccino mancciato o algo así se llamaban, tenían más espuma que la boca de una llama comiendo petazetas.
Primer contacto
Sobre las doce y algo llegamos a Praha (que es como llaman los praguenses a la ciudad antes conocida como Praga o Prague). El taxista que nos llevó al hotel tenía bigote y ya nos mostró un sutil atisbo de lo que es la personalidad común de los checos, adorablemente rancios y educados.
K.M. Koffer www.klauszayin.com
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