lunes, 23 de mayo de 2011

La hermosa danza de la bolsa de plástico

Un par de semanas después de mi decimonoveno cumpleaños estrenaron en cartelera American Beauty. Creo que me decidí a verla tras leer la crítica en el periódico o en alguna revista de esas de estrenos. Nunca iba al cine solo así que, aprovechando la situación en la que me encontraba por aquel entonces, decidí llamar a Sandra por si le apetecía venir conmigo a verla.

Con Sandra viví durante algún tiempo en una fase primitiva en la que disfrutaba extrañamente de su sola compañía, pero con los días y mis reflexiones pude caer en la cuenta de que algo no andaba bien, es decir, yo esperaba algo más y ese algo no llegaba. Llevábamos ya casi tres meses citándonos, y lo pasaba bien con poco que me diese pues la falta de cariño que arrastraba conmigo después de tantos años se consolaba ante cualquier mínima expresión de amistad o de acercamiento por parte del género femenino... aun así no comprendía qué estaba sucediendo realmente; no sabía cómo comportarme: si debía ser yo quien diese el paso definitivo para formalizar algo o si por el contrario lo estaba haciendo bien y debía mantener una buena amistad a la espera de ese algo más para cuando la relación avanzase.

La llamé a las cuatro desde el móvil de mi madre, le comenté lo de la película y por lo visto le pareció un buen plan, me dijo que vendría con su amiga Ana, luego decidimos la hora de encuentro y la sesión a la que íbamos a ir. Ya tenía una nueva cita. Colgué el teléfono y me metí en la ducha con una sonrisa de ilusión que incluso me dolía la cara debido a la tensión que soportaban mis músculos faciales. Estoy seguro de que mientras me duchaba le andaba dando vueltas a lo mismo de siempre, me explico:

Yo no estaba seguro de si ella me gustaba (qué estúpido me suena ahora), en realidad estoy convencido de que no me gustaba del todo, pero salir con ella era lo mejor que me había sucedido en el terreno amoroso después de casi doce años tras el primer beso que me entregó Laura.

Sandra era una chica morena, bastante alta y a su vez esbelta, corpulenta pero no obesa, de cabello largo, ondulado y brillante, una bonita sonrisa que lucía en todo momento, sus ojos color miel (lo que antes se solía conocer como marrón) endulzaban un rostro de rollizas y sonrojadas mejillas. Era algo mayor que yo, tan solo unos pocos meses. Tenía el pecho acorde con su físico, ni mucho ni poco. Recuerdo que no tenía demasiado culo y eso le restaba puntos frente a un amante de las caderas anchas y los culos regordetes como es particularmente en mi caso.

Sandra no parecía ser la chica que estaba esperando. Cuando era pequeño me había enamorado en tantas ocasiones que sabía discernir perfectamente cuándo me encontraba encandilado y cuándo no... pero a la vez me sentía tan solitario que la percepción sobre el estado de mis sentimientos se contrariaba. Así pues sólo me dejé llevar, fui tirando, y conocerla resultó una de las experiencias de las que estoy más agradecido en mi vida porque aprendí mucho junto a ella. En ocasiones lo pasé mal... pero sigo pensando que me aportó más de lo que con mi amistad pude pagarle. Hay que aprender a disfrutar también del sufrimiento

Llegué al cine poco antes que ellas, cuando me encontraba frente a la puerta volví la vista y en ese momento aparecieron al final de la calle. Las recibí tan simpático como solía mostrarme, tenía motivos para estar contento y lo manifestaba así, sonriendo tanto como me era posible. Cada una me dio dos besos, sólo el roce con sus perfumes y la suavidad de sus mejillas en contacto con las mías ya me resultaba suficiente regalo por un solo día. Sí, suena muy exagerado... además creo que en el volumen anterior ya había empleado alguna frase similar a esa de “en contacto con las mías”, pero es que eran precisamente esas pequeñas cosas las que alimentaban mi esperanza cuando aún no conocía las reglas del juego. Continúo, que me ando por las ramas como siempre.

La sala donde iban a proyectar American beauty era la más pequeña de todo el cine, algo inusual para una película de estreno y que la crítica aplaudía tanto. Al llegar me senté a la izquierda de Sandra; Ana se sentó a su derecha. Mientras esperábamos prácticamente nos acabamos las palomitas los tres, estaba a punto de comenzar la sesión y allí no había casi nadie. Miré a Sandra y me sonrió divertida, luego dirigí la mirada a la penumbra de la pantalla neutra y rebusqué entre las conversaciones que habíamos mantenido últimamente para atar cabos.

Por lo que sabía de Sandra, esta había mantenido una relación de peso años atrás. Y por lo que me dejaba intuir, aquel no era ni el primer tío que salía con ella, ni el segundo, ni el quinto, ni... no se, pero estaba claro que ella conocía mucho mejor que yo lo que eran las citas y veía las relaciones de otra manera a como me las imaginaba por aquel entonces. Por mi parte siempre pensé que lo común era comenzar una amistad con la chica que te gustase, mostrarte cortés durante algún tiempo manteniendo una justa distancia para no parecer desesperado y luego, a medida que se fuese gestando la empatía y la confianza, llegaría el momento de los besos y de los cálidos encuentros sexuales primerizos. Primerizos serían los míos, pues al parecer ella ya había tenido tantos que le daba para una buena tarde hablando únicamente de sus experiencias en ese ámbito.

Las luces se apagaron, comenzó la película y yo abandoné mi abstracción para centrarme en el filme. Creo que suele suceder así... cuantas más expectativas pones peor, pues ocurre que si no son exactamente como las esperas te decepcionan. En este caso no tenía ni idea de qué iba a ver ni sobre qué trataba en realidad American Beauty; perdón, me corrijo, sí que debía saber sobre qué trataba pues lo leí en la sinopsis, lo que desconocía era la belleza que se escondía tras el cartel de la chica cubierta de rosas. Sólo llevábamos la mitad y ya me resultaba sublime. De vez en cuando intuía miraditas de Sandra, creí que estas se debían a que la trama le estaba cautivando tanto como a mí, luego pude darme cuenta de que no era el caso, lo descubrí gracias a la escena de la hermosa danza de la bolsa de plástico.

Ricky Fitts es el personaje más misterioso, excéntrico y controvertido de American Beauty, el chico con la cámara de video. Al comienzo de la película las chicas lo definen como un bicho raro y es lo que aparenta ser. A medida que se suceden los acontecimientos su papel crece y lo que parecía que sólo iba a ser un secundario extravagante acaba abriéndonos las puertas de su corazón a través de los videos que graba constantemente. Ricky se enamora de Jane, ella se ve atraída por el misterio que le envuelve y termina por corresponderle en cuanto conoce su inmensa sensibilidad. Una noche, después de hacer el amor, él se ofrece a enseñarle “lo más bonito que ha grabado en su vida”. La siguiente escena nos muestra a los enamorados contemplando frente al televisor cómo vuela una bolsa de plástico común... que abandonaba su condición de mero material de escombro para convertirse en una grácil bailarina llevada a merced del capricho de los vientos.

En aquel instante los pocos espectadores que ocupaban la sala estallaron en estruendosas carcajadas que me desgarraron por dentro.

- ¡Pero si sólo es una bolsa! – Exclamó Sandra mientras se cachondeaba de la singular imagen.

Yo también estaba allí, pero resultaba evidente que no veía en la escena lo mismo que veían ellos. Me sentí ofendido y en adelante no supe disfrutar del resto de la película. Aquello que pretendía ser sólo un comentario ocurrente decretó la debacle sobre cuantas esperanzas había puesto en mi primera relación.

Se encendieron las luces y yo salí en silencio, tratando de evitar que llegase a mis oídos aquel murmullo que arrastraba las impertinentes apreciaciones de quienes compartían su indignación tras haber visto American Beauty.

- Vaya mierda... ¿no? – Me indicó Sandra mientras me sonreía. Seguro que llegó a la conclusión de que a mí me había gustado, aun cuando al resto de los asistentes obviamente les había parecido una basura.

- Sí, menuda mierda... - Articulé, solo que ella me preguntaba por mi opinión con respecto a la película y yo le estaba hablando sobre lo que me sugería el resto de la humanidad: ¡Menudos orangutanes de mierda!

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